jueves 30 de junio de 2022
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La nueva nueva izquierda

Como en otros lugares del mundo, la izquierda latinoamericana, hasta ese momento limitada a planteos más o menos abstractos de círculos pequeños de intelectuales y artistas, adquirió un impulso formidable a partir de 1917, cuando los bolcheviques derrotaron a las tropas zaristas e instauraron el régimen revolucionario en Rusia. La emergencia de un movimiento revolucionario propiamente latinoamericano, que con altas y bajas se mantendría vigente durante siete décadas, fue su consecuencia más tangible, pero otros sucesos menos directamente conectados (en apariencia) resultan también incomprensibles sin considerar el influjo del triunfo bolchevique, desde la Constitución Mexicana de 1917 hasta la Reforma Universitaria argentina de 1918 o la Columna Prestes que se levantó en Brasil en 1925. El debate intelectual latinoamericano y por supuesto el arte –del romanticismo de Alejo Carpentier al realismo social de Jorge Amado– quedaron envueltos en el clima revolucionario de la primera mitad del siglo xx.

Sin embargo, en términos de política concreta –de lucha y conquista del poder–, la primera ola de la izquierda latinoamericana se demoró hasta la década de 1960. Sin entrar en discusiones acerca del carácter izquierdista o no de los populismos del siglo xx, se puede afirmar que recién con el triunfo de otra revolución, en este caso estrictamente latinoamericana, la Revolución Cubana de 1959, la izquierda regional adquiriría impulso ascendente y fama universal. «La Revolución Cubana –resumió Eric Hobsbawm su atractivo– lo tenía todo. Espíritu romántico, heroísmo en las montañas, antiguos líderes estudiantiles con la desinteresada generosidad de su juventud –el más viejo apenas pasaba de los 30 años– y un pueblo jubiloso en un paraíso turístico tropical que latía a ritmo de rumba».

Con Cuba como imán, los ensayos revolucionarios se multiplicaron por América Latina. Si por un lado es cierto que el foquismo de Ernesto «Che» Guevara fracasó en todos los lugares donde se intentó, con la muerte del guerrillero argentino a manos de un ignoto sargento boliviano como símbolo trágico, también es verdad que la ola revolucionaria cubriría prácticamente toda la región, con movimientos más extendidos en aquellos países de población rural donde el componente agrario de la insurgencia se impondría sobre el urbano. Las guerrillas urbanas, se sabe, son más fáciles de organizar, en la medida en que el anonimato de la ciudad no exige el apoyo de la población local para que prosperen (alcanza con organización y recursos) y permiten también golpes espectaculares de propaganda, pero a menudo, y por estos mismos motivos, mueren rápido. Las guerrillas de base rural suelen ser más duraderas y efectivas (incluso si, como suele suceder, su conducción queda a cargo de jóvenes urbanos de clase media), como muestra la experiencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc) y de las guerrillas centroamericanas.

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