La pantalla de papel: la historia de Anteojito

A fines de 2001, mientras el país se hundía, Manuel García Ferré reunió a su personal en el décimo piso del Edificio Apolo, en Corrientes y Uruguay. Miró a redactores y dibujantes a la cara y, con lágrimas en los ojos pero a la vez con entereza, les comunicó que la revista Anteojito cerraba después de 37 años. Era, para él, como enterrar a un hijo. Tragó tanto veneno que meses después se enfermó de cáncer y le extirparon el estómago. El archivo no miente. Hasta el cambio de siglo, el caballero español, prócer de la animación argentina, era un señor rozagante. Después de la hecatombe, se transformó en un Quijote de bigote blanco y cabeza cubierta, siempre hidalgo, siempre niño, aunque se alejaba irremediablemente hacia el ocaso como el vagabundo de su amado Chaplin.

La historia de Anteojito y de García Ferré resume el devenir del periodismo gráfico en general y de las revistas en particular. De las épocas gloriosas de los 700.000 ejemplares por semana solo queda el recuerdo, la evocación de que alguna vez las personas corrían al kiosco para comprar pantallas de papel que podían llevar a todos lados. Las revistas cumplían la función de informar y entretener que hoy satisfacen los celulares. Traían colores cuando la televisión todavía era en blanco y negro. Permitían atesorar fotos cuando la reproducción de video hogareño era imposible. El movimiento lo daba cada lector en su cabeza a medida que avanzaba y rebobinaba las páginas.