jueves 28 de octubre de 2021
Cursos de periodismo

La película pornográfica que debió filmar David Lynch

No me extrañaría que, detrás del nombre de Rinse Dream –el evidente seudónimo de un realizador que no quiso asociar su verdadero nombre al sexo explícito– se escondiese David Lynch. Está bien, es una fantasía o un deseo, o más bien sería la tranquilidad de encontrarle una explicación a una de las películas más extrañas de la historia, Café Flesh, de 1982, que recomendamos en esta columna calurosamente incluso si no es usted habitué del porno (bueno, si siente que esas imágenes lo ofenden, no la vea; pero si no le molesta el sexo explícito, busque: en varios sitios puede verse online gratuitamente).

¿Por qué Lynch? Dos elementos: un clima perturbador que vuelve extraño hasta lo más cotidiano e imágenes que, sin forzar la definición, se acercan al surrealismo. Pero además porque las secuencias de sexo no sólo están bien filmadas y montadas sino que tienen un peso que va más allá de la simple capacidad de excitar al espectador. Lo hacen (depende de su sensibilidad, claro), pero al mismo tiempo crean un estado de perturbación y de angustia que acerca esta película al cine de terror. Ese mismo estado que consigue Lynch, digamos, en películas como Terciopelo azul o El camino de los sueños.

El film transcurre en una década de los ’80, donde ha ocurrido la catástrofe nuclear. Pocos han sobrevivido y se dividen en dos clases de personas: los sexo-negativos y los sexo-positivos. Los primeros, dos tercios de los supervivientes o más, tienen deseos sexuales, pero cualquier contacto erótico con otra persona los vuelve violentamente enfermos. Los segundos, se dedican casi exclusivamente al erotismo. Pero no como una persona que desea satisfacer sus deseos sino como esclavos que se dedican a performances pornográficas ante la mirada de los primeros. No son libres para el placer sino que están al servicio de quienes no pueden sentirlo. Sí, un comentario político que, en general, se orienta a las mujeres (uno de los personajes, en particular, encuentra un “camino” de redención vía sexo). Pero hay más: las escenas sexuales representan también la vida cotidiana pero llevada a un extremo de absurdo tenso pocas veces hallado en el cine no porno. La primera secuencia es ejemplar: en el fondo del escenario, tres hombres barbados, vestidos como bebés y golpeando un hueso en su sillita de comer, todos pintados de un color diferente, ven cómo un lechero con cola y hocico de rata seduce a un ama de casa y se dedica a varios juegos sexuales. Por cierto, no hay planos eternos de penetración sino que esas imágenes, al ritmo de la música, aparecen compuestas con rostros de los bebés-comparsas, lascivos y violentos, o de desesperación y asombro de quienes observan desde las sillas de ese café oscurísimo y lleno de humo. La sensación es de algo que está siempre a punto de estallar, de violencia y de –paradójico, es verdad– impotencia, ni más ni menos la que siente el espectador del film ante la imposibilidad de hacer otra cosa más que mirar.

diariobae.com  (www.diariobae.com)