La política se simplificó

Las dos principales fuerzas rompieron por adentro lo que Lavagna creyó que rompía desde afuera. A su modo, Lavagna le hizo un favor a la política con la «generosa soberbia» de quien no sabe darse a sí mismo lo que le da a los demás. Se destrabó la política. Los packaging electorales de las dos principales fuerzas quebraron la inercia de una confrontación cerrada en sus tercios que era la zona de confort del macrismo.

Podríamos decir: la política opositora se despertó en 2019. Massa también cedió, y su incorporación al Frente de Todos era una de las gestiones que obsesionaban a Alberto Fernández. Seguirán expectantes para saber si eso alcanza para la recaptura del «votante massista». Que, para ubicarlo rápido, diremos: es un voto de clases medias (y medias bajas) del Gran Buenos Aires. Los cruelmente llamados «aspiracionales», los que representan del modo más despojado un sentido común generalizado de progreso que se instaló durante décadas: progresar es privatizar mi vida. Para simplificar diríamos: pasar de la escuela pública a la privada, del hospital público a la obra social, de la obra social a la prepaga. Se visualiza como ideal de progreso sacarse el Estado de encima. Una tendencia de individuación de la que nadie podría declararse completamente ajeno, ¿qué más argentino que esta remembranza de la movilidad ascendente asumida de un modo personal y contra el viento? Pero insistamos: no se trata del «massismo» como identidad política, sino de algo así como el «massismo social», hijos del modelo kirchnerista, hecho con lo que el «progresismo» deja afuera (derecho a la seguridad y al confort), sobre los que se descargó este ajuste. Las clases medias y medias bajas metropolitanas a las que también Vidal, como dicen ahora, «interpela». Pero la biografía de Vidal (barrio de Flores y escuela parroquial) ofrece una sociología que sus ideas no contienen. Sociológicamente, la familia de Vidal votaría más a Massa a que a su propia hija. ¿Y entonces?