lunes 28 de noviembre de 2022
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La prodigiosa historia del plagio de la «estatua inmaterial»

¿Genialidad absoluta o suprema tomadura de pelo? El culebrón de la estatua inmaterial no tiene fin. Cada nuevo capítulo eleva un palmo más el listón del delirio. Todo empezó el pasado mes de mayo, cuando un artista plástico de cierto recorrido, el italiano Salvatore Garau (Santa Giusta, Cerdeña, 1953), vendió por 15.000 euros una obra que no se puede ver ni palpar, porque ni siquiera existe. No es de este mundo. Ni de ningún otro. Garau la bautizó como Io Sono (Yo soy) e incluyó en el lote de venta un certificado de autenticidad e instrucciones muy precisas sobre la manera en que la pieza debía ser instalada, exhibida e incluso iluminada. La sacó a subasta por un precio inicial de 6.000 euros y acabó obteniendo más del doble.

Lo que hizo Garau fue, en definitiva, ponerle precio a la nada. Una nada sobre la que había proyectado previamente, al menos en teoría (el escultor sardo justifica la obra con confusas referencias al principio de incertidumbre de Heisenberg), su propia identidad creativa. De ahí el título. La estatua podría ser descrita también como una obra de arte conceptual incorpórea, ausente, no perceptible, subliminal o latente. No está ahí, pero existe al menos como producto, ya que ha sido objeto de una transacción comercial libre y legítima entre dos seres humanos: el genio o el estafador que se planteó venderla y el crédulo o el visionario (un coleccionista privado residente en Milán) que optó por comprársela. El arte contemporáneo nos acostumbró hace décadas a que el concepto tiene más valor que la ejecución material. Pero lo que resulta revolucionario en este caso es que el concepto pase a serlo todo y la ejecución quede reducida a absolutamente nada.

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