La resistencia de los videoclubes: de boom comercial a refugio de los cinéfilos

Suena el teléfono en Bellinzona. «No, todavía no la tengo. Aún no salió en DVD», dice Fabián Gil Navarro, detrás del mostrador del videoclub. «Piden The Square [del director sueco Ruben Östlund]. Me están volviendo loco con ésta.» A los pocos minutos, llaman de nuevo. Una clienta a la que conoce bien: se inclina por el suspenso y los policiales. Pregunta por Twin Peaks. «Es un clásico, pero hay que ver si te gusta», dice él. Del otro lado de Santa Fe, también en Palermo, Marcos Rago le pregunta a una chica que acaba de llegar a Black Jack (Guatemala 4499), a devolver dos estrenos de acción de este año, si pudo verlas. No tuvo ningún problema. Evidentemente su reproductor es multizona. «No sólo me aboco al cine independiente o al europeo, a mí me gusta tener de todo -dice Rago-. Mientras me dé el cuero seguiré comprando todo lo que pueda. Incluso tengo un público de blu-ray que me exige, que todas las semanas me pregunta qué hay nuevo. Y eso me estimula.»

Les suele pasar a los dos. Alguien pasa por la puerta y dice: «¡No lo puedo creer! Un videoclub». Y sí, para algunos despierta nostalgia y curiosidad porque van quedando cada vez menos. Y los que resisten, los que mantienen las puertas abiertas desde hace décadas, con una clientela activa y ávida de los títulos que no aparecen en las listas de los servicios on demand, se identifican con un determinado perfil: videoclubes que tienen al frente un apasionado cinéfilo, con un conocimiento profundo del negocio y de esos clientes que buscan los géneros que ellos pueden ofrecerle gracias a catálogos de películas originales que remiten a videotecas.