La revolución fértil: los países pobres están dejando de tener hijos a una velocidad récord

La demografía está nítidamente atada a la economía. Durante siglos, la estructura poblacional de los países europeos y asiáticos se mantuvo estable gracias a un equilibrio, por aquel entonces, incólume: muchísimos nacimientos y muchísimos fallecimientos. Los avances científicos y la posterior revolución industrial invirtieron el sino de la historia en Europa: las muertes descendieron y la población, durante más de un siglo, se disparó como nunca antes.

Pocos países lo reflejaron de forma tan evidente como Reino Unido: su población pasó de escasos 10 millones de almas a finales del siglo XVIII, cuando la revolución industrial daba sus primeros pasos, a los casi 40 apenas cien años después. Fue una transición aupada por una natalidad aún elevadísima, pese a la caída drástica de la mortalidad gracias a los hallazgos médicos. A partir de entonces, la fertilidad comenzó a caer y la población, a largo plazo, se estancó.


Hoy el panorama para gran parte de los países europeos que siguieron este patrón, muy dilatado en el tiempo, es oscuro: la tasa de fertilidad está por los suelos y el reemplazo generacional no está garantizado. La transición de una economía agraria a una industrial y, más tarde, de servicios, permitió que las mujeres accedieran al sistema educativo y laboral, elevando el coste vital y temporal de tener hijos. Con la desaparición del rol tradicional femenino desapareció la alta natalidad.