domingo 5 de diciembre de 2021
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La revolución será tuiteada, pero con eso no alcanza

Muchos vimos con dolor las imágenes de Cataluña durante el fatídico domingo pasado. Calles por las que algunos alguna vez caminamos, ahora inundadas de personas frustradas, procurando hacer oír su voz. La gran mayoría de estas imágenes no surgieron de los canales de televisión, sino de los millones de celulares que, dispuestos a mostrar lo que sucedía, se convirtieron en fuentes de información no mediada. Como un ejército de ojos que muestran lo que de otro modo seguramente no podríamos ver.

En la crudeza de estas imágenes podían reconocerse escenas repetidas en todo el mundo. La Primavera Árabe, el movimiento Occupy, los Indignados, los estudiantes chilenos, son algunos de los ejemplos en los que fueron tuits los que marcaron el pulso mismo de lo que pasaba. En un brillante análisis de la euforia por las redes sociales y su influencia en lo político, Malcolm Gladwell en 2010 sostenía que «la revolución no será tuiteada»: no alcanza con las redes sociales para generar el cambio social. Aunque este análisis sigue vigente, la relevancia de Twitter durante las manifestaciones políticas desde entonces no hizo más que exacerbarse.

No hace falta ser un fanático tecnoutopista para sostener que todo suceso histórico relevante fue atravesado por la tecnología de su época. En una entrevista hace algunas semanas me preguntaron si se me ocurría algún cambio que la tecnología haya introducido en nuestra vida cotidiana. Un poco anonadado por lo descerebrado de la pregunta tuve que confesar que no tenía respuesta: no podía pensar en un sólo aspecto de lo diario que no hubiera sido atropellado por el avance de la tecnología. Sin embargo, parecería que somos mayormente analfabetos cuando se trata de entender el modo en que la tecnología nos atraviesa y hace pesar su influencia sobre el modo en que vivimos y las decisiones que tomamos.

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