lunes 8 de agosto de 2022
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La sociedad mira de reojo y hace cuentas mientras nace la era Massa

La historia por lo pronto tiene dos días. Que se contarán con bronce si le va bien, o que pasarán al olvido si le va mal. El primer día desmintió los rumores que él mismo generó, el segundo llegó con un grito del Interior. Porque Massa tuvo su “tajaí”, su sapucay, la voz de gobernadores, intendentes y dirigentes que pidieron que llegue al gobierno. Massa fabricó esa demanda porque cuidó esa apariencia: no quería ofrecerse, quería aceptar el ofrecimiento.

¿La llegada de Massa al gabinete marca el fin de la crisis oficialista? Por lo pronto, la interrupción de esa larga corrida política dentro del Frente. Esa corrida fue también una larga corrida por izquierda que, curiosamente, terminó coronando a Massa. Hay un dicho que dice “tanto nadar para morir en la orilla”, que podría reescribirse: tanto putear a Guzmán para terminar en Massa. Lo cierto es que es un gobierno que terceriza en él la tarea que los “socios mayoritarios”, con su matete de pruritos ideológicos, no pueden/no quieren hacer. Dejar el gobierno en manos de Massa, pero después, como el rey de El Principito, si le “sale bien”, adjudicarse la orden de lo que hizo correcto.

Massa no es un misterio. No tiene un discurso para cada tema, no maneja el tono expansivo de Cristina que comparte lecturas y marcos teóricos ni el tono de docente y abogado de Alberto, de sobremesa, con una novela de Le Carré recién comprada en un puesto de plaza Lavalle. Massa viene sin biblioteca y sin guitarra. Massa es como estos tiempos: sin margen, corre y vuela, es más“corto”, lee sobre economía y escucha cumbia. No tiene mucho que ocultar porque tampoco tiene mucho que mostrar: sus límites son claros de cara al sol.

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