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domingo 26 de septiembre de 2021
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La tara de la Argentina VIP

Como dice Lacan el deseo es deseo de reconocimiento. Allende las teorías conspirativas, Horacio Verbitsky se subió a su ego y desde allí se tiró y desató una de las crisis políticas más insólitas y previsibles. Creyó que iba a planear en ala delta junto a José Antonio Aranda, el señor 2 del grupo Clarín, en el VIP del club del que son socios. A todos los que se supo después que se saltearon la fila los mató el deseo de reconocimiento. ¿Qué es eso? Hablemos de eso.

En Argentina el concepto de VIP tiene un encantamiento cegador. Por dos cosas: pertenencia y comodidad. Por ejemplo, cuando el bien escaso eran las líneas telefónicas (década del 70 y 80), los documentos de identidad, o los pasaportes que tramitaba la Policía Federal, o inclusive los registros de conducir, había (y seguramente hay) ventanillas especiales para funcionarios – de hecho funcionaba para el personal legislativo en la propia Cámara – y familiares, tanto para acelerar los trámites, como para evitarse la incomodidad de esperar a la par del resto de los ciudadanos comunes. Tan es así que legalmente el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal muestra como una enorme virtud en su gestión evitar que los abogados y sus familias tengan que hacer cola en el Registro de la Propiedad Inmueble. Te enrostran que son VIP porque aprobaron 28 materias con 4.

Obtener ventajas de las relaciones personales y la corrupción viene desde los tiempos de la colonia. Estanislao del Campo escribía hacia 1860, unos breves versos denominados “A otro can con ese hueso”, donde se leía: “Que el Señor NN, actual empleado de puerto, ande en coche a descubierto, cuando solamente tiene un sueldito, que le viene, como una guinda a un cañón y asegure el muy bribón, que es honrado hasta el exceso, ¡A otro can con ese hueso!”.

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