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jueves 29 de octubre de 2020
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La «tensión administrada» entre Cristina y Alberto

Cristina se enteró por televisión: nadie la invitó al acto del 9 de Julio en el que Alberto Fernández se rodeó de los empresarios más poderosos de la Argentina. En pleno proceso de deconstrucción para adaptarse al papel secundario que le toca interpretar, se sintió excluida. Rompió con un tuit su silencio ordenador para avisar a propios y extraños que, aunque no tenga el papel estelar, no se va a resignar a mirar al Gobierno desde un sillón. No es una cuestión de formas. Ella quiere influir sobre el fondo. Fue una manera de reafirmar su lugar en la coalición oficialista, un territorio de fronteras aún difusas, en el que, como una monarca europea, ella reina, pero ya no gobierna.

La tensión del Día de la Independencia todavía no se disipó, a pesar de que Alberto y Cristina hablaron por teléfono durante la semana. “A mí también me gustó el planteo sobre qué tipo de empresarios tenemos, solo que parte de la premisa de que uno no advierte lo obvio”, se defendió el Presidente en privado, sobre las críticas que recibió por la centralidad que le dio al Grupo de los 6 en aquella celebración. Ella cree que en el entorno de Alberto hay quienes ejercen presión para mantenerla al margen de todo. Le apunta al secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, dueño del teléfono del que partieron las invitaciones para el 9 de Julio. Cristina no está dispuesta a ceder terreno. Uno de los hombres que la acompañó hasta el final de su mandato ofrece una justificación: “Después de ocho años como presidenta, no es fácil entregarle el control remoto a alguien”.

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