La verdad desagradable del reinado de Karl Lagerfeld

Ha muerto Karl Lagerfeld, y la industria de la moda que presidió desde la casa Chanel se rasga las vestiduras y se confiesa desconsolada. A su musa, una gata blanca llamada Choupette, cuya existencia se desarrolla en buena medida en Twitter – un metáfora de su misantropía tan pura que le doy las gracias – se la ha fotografiado con un velo de luto, agradeciéndonos nuestras palabras de condolencia. Que su bienamada fuera literalmente inhumana, y muy pequeña, no resulta ninguna sorpresa (se rumorea que, en caso de existir, heredará su fortuna, aunque eso sea ilegal en Francia).

No creo que a Lagerfeld le gustaran de verdad las mujeres. Resulta imposible contemplar su trabajo y pensar que le gustaran. Resulta imposible contemplar su rostro – inmóvil a causa de la cirugía, o no, no puedo decirlo – y pensar que se gustaba a sí mismo. Resulta evidente, y se ha hecho notar a menudo, que la moda no tiene que ser misógina y excluyente; la moda es meramente expresión, y la expresión es moralmente neutral. Pero ciertamente se convirtió en esas cosas en la época en la que era dominante Lagerfeld. En un mundo que es pura jerarquía gozaba del poder de un papa medieval, y podía haberlo utilizado para hacer menos excluyente la moda, y más gozosa. Considérense los cambios que está realizando Edward Enninful en el Vogue británico. Da empleo a Paris Lees, una mujer trans, como columnista, y su primera portada presentaba a Adwoa Aboah, una mujer mestiza. Lagerfeld rara vez era tan benevolente o valeroso: su vocación eran los beneficios y su método, la misoginia. En casa, mientras tanto, prefería idolatrar a una gata.


Los desfiles de alta costura en París, en los que se distinguía, impulsan la máquina global de la moda y la mandan a las partes más sosas de la Tierra. Decidía qué era encantador y qué no, a quién había que prestar atención y a quién había que ignorar. Nada de esto importaría si no hubiera tenido ese poder – la moda, cuando se la arrincona, cita su trivialidad como defensa –, salvo que lo tenía. La máquina vendía perfumes y bolsos (casi nadie puede permitirse la couture, y esa clase de dinero es una enfermedad en sí mismo) ofreciendo una imagen cada vez más borrosa de la belleza que ninguna mujer normal podía alcanzar y mucho menos mantener. Las muchachas que llevaban sus vestidos, que eran insubstanciales como un sueño pasajero (era un artista, y sus obras expresaban perfectamente su filosofía), eran muy jóvenes y diminutas. Parecían, cuando las contemplabas, que acababan sólo de nacer, sin mancha, para adorno de plumas y lazos de Lagerfeld.