jueves 28 de octubre de 2021
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La violencia de los años 70 no va a regresar

Aventuro aquí una intuición arriesgada (advierto al lector que soy malo en punto a pronósticos): la violencia no volvió y no volverá. Me refiero al tipo de violencia que muchos, hoy, agitan como un fantasma cuyo retorno anuncian, algunos como heraldos, otros como casandras, como un fenómeno inevitable. Esa agitación contribuye no poco a que veamos como naturales, a que nos acostumbremos, a otras formas de violencia que no deberíamos admitir y que sí están entre nosotros. Claro, episodios como el reciente, del jueves y el lunes negros en el Congreso y alrededores, le dan fuerza a la hipótesis del regreso. Yo no la comparto.

Estado violento. Preciso recuperar cierta perspectiva histórica. Hemos dedicado ríos de tinta a la violencia de los 70. A muchos lectores jóvenes les puede parecer que ésta nació de un repollo. Sin embargo, fue en los 60 que la violencia cobró impulso. Pero no, o no apenas, como habitualmente se dice, en la forma de un embrión de la violencia poderosa y generalizada de los 70. Se trataba de una forma muy diferente: la violencia estética, o estetizante. Claro, los militares no precisaron de ella, porque ya eran, por supuesto, una temible máquina de matar, contaban con ventajas estratégicas, como la disciplina inherente a su aparato institucional y el arraigo en la sociedad de la convicción de que las Fuerzas Armadas gozaban del monopolio de la violencia legítima (convicción inaudita para las etapas autoritarias, pero efectiva). La política extraestatal contestataria no contaba, en cambio, con estas cartas a su favor. Y para superar esta carencia echó mano profusamente de la violencia estetizante. No sedujo, como a veces se cree, a una gran mayoría social. Pero la seducción de la violencia estética fue suficiente como para reunir fuerzas militantes –con o sin fierros– de gran envergadura.

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