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domingo 24 de octubre de 2021
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Las marcas que dejó la crisis de la reforma previsional

Como un acreedor paciente que escucha, entiende y espera, la sociedad a menudo difiere su malestar hasta que en un momento se decide a expresarlo de golpe, y es ahí cuando busca cobrar la deuda toda junta, con intereses y punitorios, sea a través de la furia en las calles o por vía del castigo electoral (o mediante una combinación de ambas cosas). Por eso, aunque el gobierno consiguió la aprobación de la reforma previsional en el Congreso y, tras una semana de incidentes, se encamina a un fin de año en paz, el carácter conflictivo con el que se tramitó la iniciativa, la violencia que acompañó el proceso, los cacerolazos posteriores y la angustiante sensación de déjà vu, como si todos los diciembres remitieran a ese diciembre, pueden haber dejado un sedimento más duro de lo que sugeriría una primera mirada.

Las encuestas que circularon en los días previos coincidían en la impopularidad del nuevo esquema jubilatorio. Sin embargo, todos los gobiernos se ven obligados a adoptar en algún momento decisiones de este tipo y a veces la sociedad –o al menos una parte de ella–los entiende: en su momento, Cristina Kirchner vetó una ley, por otra parte inaplicable, que ordenaba el 82 por ciento móvil para todos los jubilados, y se obstinó en sostener el impuesto a las ganancias para la cuarta categoría pese al amplio rechazo que generaba. En el caso de la reforma macrista, la nueva fórmula de actualización redunda efectivamente en una pérdida de poder adquisitivo de los jubilados, pero no es un actuarial. Y parte además de una realidad incontestable: como resultado de la mayor esperanza de vida y la persistencia de altos niveles de informalidad, la tasa de dependencia previsional, es decir la diferencia entre los trabajadores activos y los jubilados, es de apenas 1,3 a 1 (para que el sistema se sostenga sin otros recursos debería ser de 3 a 1) (1).

Pese a ello, el gobierno quiso imponer la medida más importante de su etapa “reformismo permanente”, y la que en buena medida hace posible todas las demás, salteándose la batalla por el sentido común, como había sucedido antes con los aumentos de tarifas. Pero si algo ha demostrado la sociedad argentina es que, a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región, las decisiones que afectan el bienestar material de la población no pueden contrabandearse en el baúl de un auto: no es que sean imposibles sino que exigen un esfuerzo de persuasión.

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