Las promesas que faltan y la pregunta que Fernández no puede responder

Dos meses después de haber sido designado a dedo, Alberto Fernández ya está en condiciones de repartir un audio de Whatsapp con sus respuestas sobre la corrupción kirchnerista. Tema tan viejo como recurrente, es el alma fundamental del oficialismo para destripar al candidato del Frente de Todos y contribuir con la reelección de Mauricio Macri. Mientras recorre las provincias, suma todo lo que puede, atiende a los fondos de inversión y se carga la campaña al hombro, el empoderado destina horas de lo más valiosas a responder casi siempre lo mismo.

Acostumbrado a un mejor trato en las entrevistas, destacado comentarista del deplorable cristinismo final, ahora Fernández enfrenta el problema de ser delegado de Cristina Kirchner y continuidad obligada de un pasado, que reivindica a medias. En busca de trascender el círculo de feligreses de la senadora, el exjefe de Gabinete se abre al intercambio de pareceres con los formadores de opinión que militan por el Presidente. Una rareza que Macri jamás concedería a sus opositores. Si sale airoso o si mete la cabeza en la boca del lobo, se verá recién a partir del 11 de agosto.


La pregunta que Fernández no puede responder no tiene que ver con bolsos ni con bóvedas ni con rutas de dinero. Es un interrogante mayor que excede la pesquisa policial y el dilema moral: cómo sacar a la economía del loop de ajuste y recesión, mientras los acreedores y el Fondo le muestran los dientes como hienas al próximo presidente.