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miércoles 22 de septiembre de 2021
Cursos de periodismo

Las puertitas del Sr. Fernández

La foto del cumple de mi querida Fabiola nos partió el alma, también, por la revelación de ese lugar íntimo, hermético a la confesión, donde el argentino descendiente de europeos muertos de hambre desenvaina la espada aspiracional con la que se abre paso para saltearse una cola y exceptuarse un trámite, si se le alfombra de dignidad el acomodo, y más, si se lo viste de mérito. Iluminados por leds universales, cálidas, vestidos como para una confirmación en Vicente López, los asistentes contagian una argentinidad profunda en una postal perfectamente despolitizada, sin dedos en ve, con arreglos florales y una mamá con su ternero en brazos. Si el living comedor es profundamente mersa, ello no lo hace peronista, ni kirchnerista, ni menemista, ni montonero: es un reservado cualquiera de La Parolaccia, donde se despiden del año esos grupos que se arman en los gimnasios, integrados por personas aterrorizadas por el peso, por las enfermedades, por el sexo, por cómo serán vistas y oídas, o representadas en sueños, o en conversaciones que no oirán, y que están dispuestas a cualquier sacrificio o endeudamiento para pagarse la mesada de Silestone. El que sobra, generacionalmente, es nuestro cacique Paja Brava, que como bien dice Víctor Hugo pasaba por allí y se adosó a la celebración sin querer.

Es que Alberto cuando no pasa y se queda, te wasapea para que vayas a contarle de primera mano por qué estás angustiada, compañera que estás buena. Pero yo sé que un día recogerán su nombre depreciado, como figura histórica, y emergerá la piedad por un hombre menoscabado que no buscó lo que alcanzó y que debió su destino a una mujer que no conoce la bondad. Cristina es su artífice y su desgracia. Durante el breve espacio de cuatro días de 2019, los que mediaron entre que Cristina le presentó la propuesta de hacerlo presidente y acompañarlo como vice, y la mañana de un sábado increíble en que dieron a conocer públicamente la fórmula con un video narrado con la voz sutilmente ronca y actuadamente cheta del cuadrazo, Alberto viajó un millón de veces al futuro a observar el funcionamiento del vínculo teniendo como enorme background el intenso pasado en común. Aun cuando la proyección le devolviera un repetido “va a ser imposible”, no pudo renunciar a la oferta porque no se renuncia a la meta sexual común de su manada, la presidencia, por lo tanto se predispuso al sistema de constante humillación pública a cambio de una muy mínima oportunidad de autonomía y a cambio de los atributos (firmar y violar decretos, entre tantos) que, por tratarse de un político sin votos, nunca le habrían tocado.

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