martes 24 de mayo de 2022
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Las sanciones impuestas al deporte ruso no ayudan a Ucrania, solo alimentan la rusofobia

Una desrusificación atraviesa al deporte. Le dicen cancelación, una palabra demasiado amable. Comenzó cuando la UEFA sacó de San Petersburgo la final de la Champions League para mudarla a París. Esa decisión desplegó una cascada de castigos que siguió con la eliminación de los equipos rusos en competencias europeas, la suspensión de la selección de fútbol de las eliminatorias para Qatar 2022, el despido del piloto de Fórmula Uno Nikita Mazepin, la expulsión de los atletas rusos de los Juegos Paralímpicos de Invierno Beijing 2022 y la tarjeta roja para el equipo de Copa Davis. Wimbledon ya le adelantó al tenista ruso Daniil Medvedev que no podrá participar del Grand Slam salvo que se manifieste opositor al presidente ruso, Vladimir Putin. Todo lo ruso, afuera.

Mientras las bombas caen en Ucrania, mientras su población huye hacia las fronteras, en nombre de una supuesta solidaridad con el pueblo agredido lo ruso se convirtió en un hecho maldito.

El estereotipo ruso se construyó para Occidente con espías y máquinas para matar. Esa narrativa cinematográfica moldeó un sentimiento antirruso: la rusofobia, un conjunto de prejuicios contra su cultura, su pueblo, su política aun cuando hayan pasado tres décadas de la caída de la Unión Soviética, y también contra su deporte y sus deportistas. El occidental era Rocky Balboa, que desayunaba huevos crudos, talaba árboles y ascendía con épica las escalinatas del Museo de Arte de Filadelfia, y el ruso era Iván Drago, un boxeador diseñado a base de esteroides y computadoras. Esos prejuicios siguen ahí. La rusofobia no nació en Hollywood durante la Guerra Fría. Tampoco con la Unión Soviética. La española María Elvira Roca Barea cuenta en su libro Imperiofobia que el odio a lo ruso brotó hace tres siglos con la Ilustración francesa.

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