martes 16 de octubre

Las series ganadoras de los Emmy remiten directa o indirectamente al imaginario de la segunda mitad del siglo XX

En una lluvia de estrellas no hay lluvia ni hay estrellas. Se trata de un único cometa que, al atravesar ráfagas de viento solar, se desintegra en miles de partículas luminosas. Eso es lo que ha ocurrido en los premios Emmy de los últimos años con Juego de tronos.

Por sus veintidós nominaciones, parecía que la superproducción de David Benioff y D. B. Weiss iba a monopolizar de nuevo unos galardones cuyas opciones no encabezaba HBO por primera vez en los últimos dieciocho años, sino que —con 112 frente a 108— lo hacía Netflix. Pero a la supernova le ha nacido otra megaestrella. Y, para sorpresa de todos, no en forma de drama, sino de comedia.


Porque aunque Juego de tronos haya ganado en nueve categorías (mejor serie dramática, mejor actor de reparto y mejores efectos visuales, además de otros premios técnicos), batiendo con 47 premios el récord anterior de 38, La maravillosa señora Maisel se ha hecho con cinco galardones principales: mejor serie cómica, mejor actriz protagonista (la fabulosa Rachel Brosnahan), mejor actriz de reparto (Alex Borstein) y mejor guion y mejor dirección (ambos para Amy Sherman-Palladino).

Cuando el gran combate parecía que se daba entre HBO y Netflix, el año pasado Hulu irrumpió con El cuento de la criada, y este año lo ha hecho Amazon con esta entrañable, ambiciosa y rítmica serie que narra, en el marco de la alta burguesía judía del Nueva York de 1958, cómo tras ser abandonada por su marido Miriam Maisel asume progresivamente que su vocación y su destino es el de presentar en público sus monólogos cómicos y profundamente autobiográficos.

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