lunes 23 de mayo de 2022
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Leishmaniasis, la enfermedad que se está cebando con los refugiados de Oriente Medio

La guerra en Siria enfila su quinto año sin que su fin se vea ni remotamente cercano. Más allá de los muertos (que el Centro Sirio para la Investigación Política calcula en 470.000 y la ONU, en unos 250.000), la destrucción de infraestructuras esenciales como las sanitarias han llevado la vida, la supervivencia, al límite. Se estima que la mitad de los hospitales y centros de salud del país están hoy destrozados, así que los tratamientos no van más allá de las urgencias, como un bombardeo.

Los que están dentro a duras penas pueden ver a un médico, teniendo en cuenta además que 6,5 millones de sirios permanecen desplazados dentro de su país a causa del conflicto, muchos sin papeles como una tarjeta sanitaria. Y los que están fuera, los casi cinco millones de refugiados que han escapado a países vecinos o a Europa, son afortunados si, en el camino, conservan una caja de paracetamol.

En ese contexto, las enfermedades se han enquistado y reproducido. Una de ellas es la leishmaniasis, una dolencia cutánea milenaria, conocida tradicionalmente como «el mal de Alepo», transmitido por las moscas de la arena, que está afectando ya a cientos de miles de desplazados. La enfermedad estaba ya relativamente bajo control en zonas de Oriente Medio, confirma la Organización Mundial de la Salud, ya que es tratable, lo que necesita es vigilancia y cuidados, pero con el horror de la guerra los tratamientos no se aplican.

Médicos del Mundo y la Cruz Roja llevan meses alertando de nuevos brotes, pero la alarma ha saltado ahora porque la Media Luna Roja kurda ha informado de que el problema se está agravando porque el autoproclamado Estado Islámico, en las zonas que domina entre Siria e Irak, está dejando que los cuerpos de las víctimas se pudran en las calles.

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