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lunes 26 de julio de 2021
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Libros digitales: ni libres ni gratis

Hace dos días, en Biblioteca Virtual, grupo de Facebook creado por la poeta Selva Dipasquale donde más de 15 mil participantes comparten libros digitales, Gabriela Cabezón Cámara publicó: “Hola querides. Me parecen muy lindas sus buenas intenciones pero les pido que no circulen mis libros. Les voy a dar un ejemplo de para qué sirven las regalías que tenemos por los libros. El año pasado me enfermé cuatro meses y no pude dar los talleres. Por ende, no tuve ingresos. Si no hubiera sido por las regalías de Las aventuras de la China Iron, que me llevó tres años de muchísimo trabajo, habría tenido que pedir limosnas. Ustedes pueden pensar que yo tengo que pedir limosna si me enfermo. Yo no”.

La recomendación generó comentarios, casi debate sobre los derechos de autor. El texto de Cabezón Cámara está en sintonía con la campaña respecto de la circulación de obras en formato digital por parte del colectivo Unión Argentina de Escritoras y Escritores (en Twitter: @uniondeescritor).

Como si estuviera mirando de reojo el futuro, el pasado lunes, el medio independiente español El Salto publicó un artículo de Brigitte Vasallo titulado: “¿Quién genera la cultura gratuita?”. Allí se lee: “Cultura gratis para que todas tengamos acceso a la cultura. El argumento, sin embargo, tiene trampa (…) La trampa es que, para hacerlo, revienta la producción, expulsando de ella a las pequeñas productoras locales. (…) Otra trampa, sin embargo, en el debate, es la confusión entre cultura e industria cultural. La gratuidad tiene consecuencias en el acceso a la cultura. No en su consumo, pero sí en su producción. Lejos de liberar los productos culturales, los discursos, deja su creación en manos de quien se la puede permitir. Libera el consumo, pero secuestra la producción, se la entrega de manera descarnada al capital, convirtiéndola en un lujo que solo algunos se pueden permitir”. Y a modo de cierre, Vasallo abre el abismo: “Así que tenemos un debate de fondo: ¿queremos que todos los productos culturales que nos alimentan provengan de la burguesía? ¿Queremos un arte cuya única experiencia de opresión de clase sea inventada, o un arte que solo responda a los intereses del amo y se vea obligada a silenciar las cuestiones que realmente apuntan al amo?”.

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