Llorones, imbéciles y calientes: gobernar bajo emoción violenta

El rebrote inflacionario, la ola de despidos y la nueva corrida al dólar le llegaron al Gobierno en el peor momento político posible, con su imagen pública en picada y la pólvora de la corrupción kirchnerista mojada por el creciente escándalo del espía Marcelo Dalessio. Desesperado por huir hacia adelante, el Presidente apeló esta semana al viejo truco de mostrar autoridad con un puñetazo a la mesa. Pero el efecto fue, como suele pasar cuando se sobreactúa, el contrario: el establishment lo mira perplejo, Wall Street espera sin jugar una sola ficha, la Corte Suprema lo ignora, sus aliados toman distancia, la CGT se despereza y el peronismo sonríe, al fin, ante la perspectiva ahora menos remota de que el ballotage termine enfrentando a dos opositores.

La metáfora desafortunada de la semana corrió por cuenta del presidente del Banco Nación, Javier González Fraga, a quien secundará por lo que le quede de mandato el fallido exvice de Federico Sturzenegger en el Central, Lucas Llach. «¿Qué prefieren, estar en un auto a más de 100 kilómetros por hora que va hacia la pared o haber chocado ya con la pared y no tener más que un par de huesos rotos?», preguntó González Fraga a un auditorio de financistas, quienes por las dudas no arriesgaron respuesta. Muerte o dunga-dunga. Casi tan alentador como el «estamos bailando en la cubierta del Titanic» que soltó Dante Sica ante bodegueros.