lunes 17 de diciembre

Lo bueno y lo malo de la abundancia de diagnósticos

Hace poco atendí a una estilista que había pasado un año con síntomas vagos y variados. Lo que comenzó como unos cuantos dolores desagradables pronto se convirtió en un dolor debilitante en todo el cuerpo. Una grave fatiga se instaló en sus huesos: sostener unas tijeras o barrer el piso requerían demasiado esfuerzo. Dormía a ratos; su memoria decaía. Frustrada por tantos síntomas y tan pocas respuestas, comenzó a sentirse más ansiosa y deprimida.

Después de una serie de exámenes que no revelaron nada, nuestro equipo médico determinó que padecía fibromialgia. Las lágrimas inundaron sus ojos mientras le explicaba el diagnóstico y me preocupó haber sido tal vez demasiado brusco. Pero sus lágrimas eran de alivio, dijo, no porque los síntomas hubieran desaparecido, sino porque al fin tenía una respuesta, su dolor tenía un nombre.


Aquellos que sufren sin comprender las causas pasan por una especie de tormento único. El diagnóstico tiene un gran poder: puede ser reconfortante, aterrador y, en ocasiones, incluso sanador.

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