lunes 22 de octubre

Lo que nos dice el duelo de una orca

Entre las muchas peculiaridades de la naturaleza humana, hay una que siempre me ha parecido especialmente valiosa: la tendencia a proyectar nuestros propios sentimientos en otros animales. Esto parece ser un atajo hacia la empatía, una manera de acercarnos a otras especies. Sin embargo, los científicos difieren. Ellos lo llaman antropomorfismo y no lo alientan. Se estremecen cuando un video viral que muestra a un cerdito perreando al ritmo de una canción de Rihanna inspira cientos de comentarios que elogian la confianza, la cadencia y el gusto musical del animal. ¿Qué tal si el lechón en realidad está demostrando hostilidad, si bien con un ritmo pegajoso? ¿Está bailando o está asustado? ¿Y quién puede asegurar que el gato gruñón —que se ha hecho famoso en internet— realmente está de mal humor?

Los científicos tienen buenos motivos para recomendar cautela al respecto: existe una buena cantidad de argumentos muy válidos en contra de antropomorfizar a las criaturas con las que compartimos este mundo. Uno importante es el que afirma que sus vidas interiores merecen ser analizadas en sus términos, no en los nuestros. En ocasiones, interpretar su comportamiento a través de una perspectiva humana puede ser engañoso, poco inteligente o incluso perjudicial. Pero en otras —y estas ocurren con más frecuencia que lo que la ciencia quiere admitir— percibirnos en ellos es precisamente la respuesta indicada, cuando el estado emocional del animal es evidente para cualquiera que tenga ojos y corazón.


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