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jueves 17 de junio de 2021
Cursos de periodismo

Lo que nuestro cuerpo olvidó en la cuarentena

Cuando en junio el gobierno anunció que en la Ciudad de Buenos Aires estaba permitido salir hasta 500 metros más allá de nuestros domicilios, decidí caminar hacia mi avenida favorita, a cuatro cuadras de mi casa. Antes de la cuarentena solía ir ahí con frecuencia. Paseaba en silencio entre las vidrieras de los comercios ochenteros del centro de mi ciudad, miraba saldos en las librerías, sacaba fotos de los personajes callejeros, imaginaba historias. Era mi paseo. Ese día me calcé los borcegos que no usaba hacía meses y me aventuré con expectativa. Pero no llegué a hacer más de la mitad del camino: mis piernas se tensaron tanto que me vi obligada a regresar. La sensación que tuve, y que se repitió muchas veces luego de ese día, fue la de romper un cascarón.

Me había convertido en un bebé y el contacto con el mundo me asustaba mucho.

Desconocía los mecanismos típicos con los que antes me movía naturalmente: las alertas que tener prendidas en mi mente al caminar en mi ciudad, la sensación de andar en borcegos, el impacto de cruzar miradas con gente desconocida. Luego de volver desanimada a mi departamento, una amiga me confesó por teléfono que la noche anterior había roto la cuarentena para conocer a un chico de OKCupid, pero la cita había sido un fiasco. Cuando él la besó ella se largó a llorar desconsoladamente, perdiendo control de su cuerpo.

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