Los «acentos» no verbales, los pequeños gestos y expresiones que delatan de dónde eres

    Es sencillo reconocer a un turista. Su lento deambular, su ropaje, sus cámaras, su aspecto extraviado, su eterna expresión de asombro, su ingenuidad. Lo excepcional de su aspecto pasa desapercibido en centros neurológicos del turismo, como la Fontana di Trevi o la Torre Eiffel, pero resulta de lo más llamativo en entornos menos acostumbrados a los visitantes. Nosotros, otros turistas, los reconocemos de inmediato. Y escudriñamos su apariencia con fascinación. ¿Llevaremos también la palabra «turista» impresa en la frente?

    La anterior situación resultará familiar a casi todos los lectores. Pero hay otra, más imperceptible, más sutil, que seguramente todos hayamos experimentado sin darnos cuenta. El fugaz instante en el que reconocemos a un connacional sin que siquiera haya abierto la boca. Sus gestos, su vestimenta, su forma de caminar. Elementos que delatan su origen, idéntico al nuestro. No es necesario que un español abra la boca en el Hermitage de San Petersburgo para que otro español lo reconozca.