miércoles 23 de enero

“Los desaparecidos”, investigación de ProPública sobre latinos asesinados por latinos en Nueva York

Al principio, el grupo de mensajes de texto que llegaría a obsesionar a Carlota Morán pareció ser solo una molestia, una interrupción en la supuesta salida especial de ella sola con su hijo. La semana después del Día de los Presidentes de 2016, día feriado en la escuela, y Carlota había llevado a Miguel, su hijo de 15 años, a comer al bufet chino del centro comercial como se lo había prometido desde hacía tiempo. Miguel caminó con el brazo sobre los hombros de su madre cuando fueron a devolver un par de pantalones a American Eagle.

La campanita de su teléfono sonaba cada varios minutos, distrayéndolo. Carlota le preguntaba quién le mandaba textos tan seguido y el chico contestó con la vaguedad típica de un adolescente, “es solo un compañero de la escuela”.


Carlota medía un poco más de cinco pies y tenía el cabello castaño largo hasta media espalda, mientras que Miguel, ya de 5 pies 10 pulgadas, la sobrepasaba. Mientras se probaba ropa en el vestidor bromeaba con ella, “¿Por qué me hiciste tan guapo?”

Los mensajes seguían entrando. Eran de Alexander, compañero de clase de Miguel en Brentwood High, Long Island. Además prometían diversión en una tarde fría y aburrida de febrero. “Vamos a fumar pues hoy”, escribió Alexander en Facebook Messenger.