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jueves 26 de noviembre de 2020
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Los locos años diez, la década en la que la tecnología empujó los límites de nuestra privacidad

Uno de mis recuerdos del año 2010, aparte de berrear el gol de Iniesta como un simio oligofrénico y aprender para siempre el nombre del Eyjafjallajökull por la erupción que puso en jaque al mundo (antes de la pandemia nos conformábamos con cualquier cosa), es el de estar tumbado en el césped con mis amigos durante una noche de verano y tener una conversación sobre la tecnología. En ese momento yo tenía un iPhone 3GS y una tarifa de datos de 500 MB. El derroche. Me preguntaban mis amics que qué necesidad tenía de estar conectado a Internet las 24 horas, de recibir mails desde cualquier parte o de usar a cada rato «eso del Twitter», a lo cual tampoco le veían el sentido.

Yo no tenía ni veinte años, así que necesidad, más bien ninguna. Llamémosle hobby inocuo, sobre todo en aquel entonces, antes de que la hiperconectividad empezase a ser vista con recelo. La cuestión es que todos ellos, bien escépticos, acabaron pasando por el aro del smartphone y el 3G, y ahora soy yo el que les implora sosiego mientras recorren el carrusel de stories. Todos salvo uno: un escéptico, la irreductible aldea que resistió al invasor, el que pasó a ser «el amigo caro» al que había que avisar por SMS porque no le daba la gana tener WhatsApp. «No me fío».

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