lunes 18 de febrero

Los museos de cera resurgen y se modernizan gracias a la robótica

Arreglo del ojo derecho de Benito Juárez. Manos nuevas de Cristóbal Colón. Limpieza y maquillaje de Lope de Vega. Son las tareas que estaban programadas para noviembre en el taller Museo de Cera de Madrid. En los meses anteriores, Quevedo también tuvo que pasar por chapa y pintura, y fue necesario centralizar los pechos de la maja vestida.

Esta última figura no es como los demás pacientes. Respira. Su recién alineado busto sube y baja igual que el tuyo con cada aliento. La diferencia entre sus inspiraciones y las tuyas, más allá de la simple inutilidad biológica de que una figura de cera respire, es el sonido mecánico que acompaña a cada inhalación. La maja es un robot . Lleva respirando metálica y acompasadamente en su esquina de la exposición desde 1972, el año en que abrió el museo. Poco después llegaría un Anthony Quinn durmiente.


Sin embargo, las figuras de la galería madrileña tienen un claro límite en el alcance de sus movimientos. “La cera no permitiría que una figura robotizada se mueva, parpadee o abra la boca”, explica Gonzalo Presa, portavoz del museo. La máxima movilidad está en el cuello de Groucho Marx, que balancea su cabeza de un lado a otro. Ora mira a Cantinflas, ora al James Bond que interpretó Sean Connery.