miércoles 20 de febrero

Los naipes que derrotan al viento y permiten jugar en la playa

La avenida principal de Pinamar hace ruidos. Suena a gente que camina al ritmo de decidir qué y dónde quiere comer. A chicos que insisten a sus madres y padres para que paguen 30 pesos por una chance de agarrar un peluche con pinza mecánica y llevarlo a casa. A grandes que gritan subidos al samba, como si le hubieran dado permiso a la adrenalina para ocuparles el cuerpo. A la lona de las sillas plegables que se tensa cuando alguien las abre porque llegó un comensal más. A camionetas que bajan las ventanillas para que se les escuchen sus traps o sus clásicos del rock argentino —elija su propia generación— desde las veredas.

En medio de todo eso, en la vidriera de una juguetería de las que apuestan a la masividad de la temporada para ofrecer licuadoras y hornos microondas, un cartel dice “naipes playeros”, así, sin más, sin letra chica que explique de qué se trata. Sin que las narre la voz aclarada de un vendedor de los que se suben al tren con algún adminículo jamás visto, jamás necesitado y, de repente, imprescindible.


Es que estos “naipes playeros” son esto: cincuenta imanes con la iconografía de las cartas españolas y una plancha magnética sobre las que las cartas quedan adheridas. Para que se entienda: cartas que tienen con qué ganarle al viento de la orilla atlántica. Cartas que no se vuelan en medio de un partido de truco que podría definir, por ejemplo, quién paga el asado. Cartas que no hay que enterrar en la arena de cara al resto de los jugadores para evitar que el mazo dure sólo esa tarde. Una solución argentina para un problema de los argentinos.