martes 11 de diciembre

Los políticos presos, los presos políticos, los reos y rehenes

Los amenazan con décadas de cárcel: la semana pasada la Fiscalía del Tribunal Supremo español pidió penas entre dieciséis y veinticinco años para nueve jefes independentistas catalanes. Los acusan de rebelión, el juicio empieza pronto y es probable que sus condenas tomen, si no todos, muchos de esos años: que esos hombres y mujeres pasen presos buena parte de sus vidas. Sus enemigos dicen que no son presos políticos sino políticos presos. Pero están presos por hacer política.

Los acusan de rebelión contra el Estado. Es cierto que querían organizar un nuevo país: pocos intentos más políticos. Así empezaron siempre los países; en América, sin ir más lejos, conocemos esas historias y son nuestras historias. Por supuesto, en aquellos años fundacionales, ingleses y españoles eran aún más tajantes: solían matar a los que lo intentaban, en general, con armas en las manos.


Yo —disculpen la intrusión— no aliento la independencia catalana porque me desalientan las naciones, porque creo que son instrumentos de dominio y engaño y que el mundo estaría mejor sin ellas y que en lugar de crear nuevas habría que disolver las viejas y encontrar otras formas para convivir. Pero si reconocemos que por ahora existen y que podrían ser mejores y que vale la pena intentarlo, me cabrea la solución catalanista de cortarse solos: no tratar de juntarse con el resto de sus connacionales para mejorar el país de todos sino suponer que si los abandonan y se hacen otro vivirán mejor. Hay, allí, una idea de solidaridad que está faltando.

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