Los youtubers se están muriendo de hambre. Y el culpable de todo es el propio YouTube

A mediados del pasado marzo YouTube se enfrentaba a una crisis de imagen brutal: decenas de grandes empresas habían decidido retirar su publicidad de la plataforma al descubrir que muchos de sus vídeos se reproducían sobre contenidos racistas, homófobos o yihadistas. Google había permitido que la divina providencia del algoritmo emparejara a Volkswagen con canales apologetas del nazismo, una mezcolanza problemática.

Aquel fue el enésimo capítulo de la industria publicitaria tradicional para doblegar el creciente imperio de Google. Las marcas optaron por desligarse de YouTube como un ejercicio de poder, una forma de demostrar a YouTube que todos aquellos seguidores no contaban nada si los jugosos anuncios no se desplegaban sobre sus contenidos. Para Google, sin embargo, representaba otro problema: asumir un rol de curator que ni él ni Facebook han asumido jamás.