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miércoles 27 de octubre de 2021
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Malditas PASO: la ficción ilusoria de la unidad

Cristina y Máximo plantaron en la puerta de Olivos el diagnóstico sobre los resultados del domingo: 1) «Con esta economía tenemos estos resultados electorales»; 2) «Acá no hay ni política ni economía, ¿cómo quieren que nos vaya»? La corrida política que enfrentó este miércoles el gobierno es el testimonio más crudo de que la unidad del peronismo ha sido una ficción ilusoria y pasajera. Como toda corrida, se compone de bruma y artificio.

La micropolítica de esa corrida nació del acto de presentación de la ley de hidrocarburos, por la mañana.En ese escenario cristinista – fracción ligada a la Argentina extractiva – Martín Guzmán mencionó al demonio: defendió el acuerdo con el FMI. Algo que el cristinismo ha dicho que nunca apoyará. “Lo cierto es que si ese acuerdo no existiera nosotros tenemos que hacer frente al pago de USD 19 mil millones el año entrante, y las condiciones serían otras”, argumentó. Le respondió pocos minutos después Wado de Pedro, con su renuncia. ¿Lo mandó Cristina?, le preguntaron los ministros a Alberto en la peña que tuvo a la hora del aperitivo. Respondió con el gesto: ¿les cabe alguna duda? La hipótesis más fina de esa mesa chica es que una de las claves de la derrota del domingo es que hay un porcentaje de voto albertista – ¿5-10%? – que querría que él diera el portazo. Y que como no lo hace, no fue a las urnas. ¿Volverán en noviembre si da el portazo? Pero ¿con qué da ese portazo? Si quizás no sabe cual es la puerta que hay que derribar.

Desde el velorio del lunes el gobierno ha extremado el recurso de no explicar lo que pasa. Los protagonistas agotan la pantalla con gestos mudos o hallazgos de oratoria. Los funcionarios no sabían en la noche del miércoles si seguían siéndolo. Nadie les pedía la renuncia, pero todos caminaban con el ánimo del que se puede quedar sin empleo. Obama dijo en su último libro que “gobernar es también un empeño narrativo”. Acá la narrativa la hacen los periodistas con los retazos del dígalo con mímica de los funcionarios. El vértice del poder está afectado de una incapacidad para decir. Alberto daña, y se daña, con su silencio. El silencio de quien duda. En esos despachos con cierta memoria peronista, alguien recordó las grandes dudas de Cafiero el Viejo, Antonio. Uno que lo conoció como pocos dijo: pero Antonio dudaba en voz alta. Alberto, en cambio, duda en silencio.

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