viernes 22 de junio

Manual para delincuentes de cuello blanco

La expresión “delito de cuello blanco” apenas si era usada hasta que el criminólogo Edwin Sutherland comenzó a hacerlo. A finales de la década de 1930, prácticamente todas las incidencias de robo eran vinculadas a personas pobres. En opinión de Sutherland, sus colegas sociólogos habían llegado a la conclusión de que la delincuencia era resultado de “trastornos mentales, desviaciones psicópatas, barrios bajos y familias ‘deterioradas’”; se creía que menos del dos por ciento de la delincuencia provenía de quienes integraban los altos niveles socioeconómicos.

Sin embargo, Sutherland creía que este panorama general era no solo sesgado, sino miope, ya que no tomaba en cuenta los robos perpetrados a simple vista. “Los ‘barones del robo’ de la última mitad del siglo XIX fueron criminales de cuello blanco”, dijo en 1939 a la multitud de la Sociedad Sociológica de Estados Unidos. Hizo mención de una anécdota, cuando Commodore Cornelius Vanderbilt —quien fue el estadounidense más rico hasta su muerte en 1877— dejó entrever que su riqueza familiar era mal habida cuando dijo: “No suponen que es posible gestionar una ferrocarrilera acatando la ley, ¿o sí?”.


Según la gente que se mueve tanto dentro como fuera de la ley, gracias al internet y a los paraísos fiscales hoy resulta todavía más fácil para la delincuencia de cuello blanco pasar inadvertida. El efectivo se acumula en cuentas intocables en islas; los cheques corporativos se pueden falsificar y después depositar; el lavado de dinero adopta la forma de una tarjeta de débito prepagada; las operaciones fiduciarias con información privilegiada son solo una conversación acompañada de unos tragos.

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