Manual para evitar que la crisis argentina termine en estallido en diciembre

La mejor manera de disolver una protesta es no generándola. Si la encrucijada del presente obliga a provocarla para evitar un mal mayor -que el país estalle como sugirió el Presidente en la CNN hace 7 días-, existen alternativas para minimizar su impacto. La primera es garantizar que, a la hora de los reclamos, los aliados que se consigan estén más convencidos que obligados y el arco amplio de sus adversarios no encuentre motivos para fundirse en un abrazo opositor. La segunda es montar un escenario que no delate que los inquilinos de la Casa Rosada se están jugando la vida con una ley que –aunque sea importante- nunca define la suerte de un gobierno, menos todavía si el oficialismo viene de ser plebiscitado en las urnas hace menos de dos meses. La tercera es no exacerbar el malhumor general en meses de alta sensibilidad social, cuando el año se apaga y las mayorías sólo quieren brindar por el milagro de estar vivos, después de todo. Trate siempre de no sesionar en fechas traumáticas para los habitantes de un país, con reformas guionadas por el FMI que recortan en los sectores más vulnerables. Si todo eso resulta inevitable por la propia génesis del proyecto en curso, el objetivo deberá estar en reducir al mínimo los costos para la legitimidad del oficialismo y la vida de la oposición.

No haga trampa, no diga una cosa y haga otra, no mienta. No deje que el fracaso de la política libere el instinto asesino de los miembros de las fuerzas de seguridad. Por más que los tanques, los hidrantes, las balas y los gases lo hagan sentir poderoso, la autoridad de un gobierno –en caso de ser democrático- se hallará siempre en la popularidad y en el respeto por parte de los adversarios. No deje que la gendarmería y la policía se conviertan en el rostro principal del oficialismo. No permita que le gaseen la cara a las diputadas opositoras. No siga elevando la cifra de muertos civiles a manos de los uniformados. Condúzcalos, reduzca su poder a la mínima expresión. No se fíe de los comentaristas de televisión adictos, que nunca condujeron más que un automóvil y ofician de barrabravas con gorra y casco. Mucho menos, de los que defienden ideas antagónicas a las que propagaban antes. Hacen su trabajo en beneficio propio, pero su mirada tiene la profundidad de un dedal y, cuando usted caiga, no vendrán a socorrerlo.