domingo 23 de septiembre

Mario Vargas Llosa: “El aborto es la opción por un mal menor”

El Senado argentino rechazó legalizar el aborto por 38 votos contra 31, una medida que había sido aprobada por la Cámara de Diputados y que provocó un debate nacional y movilizaciones gigantescas de partidarios y adversarios de aquel proyecto de ley. Aunque la legalización haya sido rechazada, yo también creo, como los millares de jóvenes que salieron a las calles a manifestarse a favor, que esta ha sido una victoria pírrica para los adversarios y que, más pronto que tarde, al igual que en los países más modernos y civilizados del mundo, la Argentina legalizará el aborto dentro de las catorce semanas de la gestación.

Como ocurre siempre en estos casos, los enemigos del aborto -principalmente una Iglesia Católica muy escorada hacia la caverna y el oscurantismo- se presentaron como “los defensores de la vida”, sugiriendo con ello que quienes defendemos el derecho de la mujer a decidir si quiere o no tener hijos somos partidarios de la muerte, y, horror de horrores, nada menos que la de criaturas inermes e inocentes. Eso no es verdad. Nadie que esté en su sano juicio puede justificar alegremente el aborto, y, menos que nadie, las mujeres que se ven obligadas a recurrir a él, a quienes esta terrible decisión suele acarrear traumas y conflictos psicológicos de larga duración. En los años que yo viví en Inglaterra, que fue uno de los países pioneros en legalizar el aborto, vi a varias mujeres españolas y peruanas llegar allá por este motivo, y no recuerdo una sola que no viviera esta decisión como un profundo desgarramiento.


Defender el aborto en los tres primeros meses de la gestación es elegir un mal menor. Reconociendo por supuesto que se trata de una decisión difícil y dolorosa, generalmente adoptada por unas condiciones de vida paupérrimas que condenarían el proyecto de vida interrumpido a una existencia inhumana, es decir, a una muerte lenta, sin esperanza de cambio, y a hundir más a la familia (sobre todo a la madre) en la miseria. Desde luego que sería preferible que no hubiera abortos, que, gracias a una educación sexual generalizada, no hubiera embarazos no queridos y que las niñas y adolescentes estuvieran en condiciones de elegir siempre los hijos que quieren tener y los que quieren evitar. Pero una de las grandes paradojas es que quienes se oponen al aborto son también los adversarios más enconados de que los adolescentes reciban aquella formación sexual que les permitiría tener solo los hijos que quieren tener. Yo lo recuerdo muy bien: estuve en colegios religiosos y laicos y en ninguno de ellos recibí jamás la menor información sobre la vida sexual. Ese tabú ha disminuido mucho en nuestros días, aunque no en todas partes, como puede dar testimonio América Latina, donde los embarazos resultantes de la ignorancia y la desinformación son innumerables.

Dejar un comentario