miércoles 20 de febrero

Marta Dillon: “La última ficción de Darthés”

“La vamos a repetir a las seis de la tarde para que la puedan ver los que vuelven del colegio”, dijo Mauro Viale apenas terminados los primeros comentarios sobre su entrevista con el acusado de violación de una niña de 16, hace 9 años, que necesitó todo ese tiempo para encontrar las palabras justas y el acompañamiento necesario para hacer la denuncia. Aunque sus gestos compungidos y su premeditada actitud reflexiva frente al hecho de poner en escena pública “la versión” del acusado moderaban su euforia, la mención a la repetición de la entrevista de 20 minutos fue eufórica y lo hizo trastabillar. ¿Quiénes vuelven del colegio? ¿Quiénes más deberían ver a ese hombre claramente guionado por una estrategia de defensa legal que no hizo más que condenarlo? ¿Otras adolescentes a las que hay que callar a tiempo?

La voz de Juan Darthes, insistiendo con su muerte en vida, insistiendo con que “si esto llega a ser cierto” el que tomaría la decisión de terminar con una vida ya acabada por las acusaciones sería él, como si alguien más pudiera decirle lo que él ya sabe se escucha casi en simultáneo con la de Calu Rivero, que asistió obligada a un careo con el mismo abusador que la judicializó para evitar que prosperara su denuncia. Darthes, obviamente, no apareció en el careo, estaba intentando largar lágrimas frente a Mauro Viale, que le tiraba un salvavidas de plomo hablando de una versión y otra, dándole lugar al victimario de ponerse en el lugar de la víctima, el ya muerto, el impotente frente a “la teoría del rumor”, el señalado por un aquelarre de “cien mujeres” que, sin decir nunca por qué, lo acusarían falsamente. Según su propia versión, claro.


A ellas, según el acusado, les corresponde la lengua de las locas, la maledicencia, el pensamiento mágico, el reflejo del cardumen que obedece sin pensar. Para él, la ciencia, para él lo que dirá la Justicia, la técnica, la civilización: ni él sabe lo que pasó, lo dirá la voz ilustrada del estrado. Y si fuera que dictaminan en su contra, entonces, él será el que aplique el castigo sobre sí mismo. Nada que no se sepa de antemano, si esta escena que no dejó de replicarse en la televisión de la tarde y siguió su rueda después de la vuelta de la escuela aporta algo es claridad. Dejó expuesto el modo en que pactan entre sí los machos para cuidarse en sus supuestas debilidades –esas que están encarnadas en ese “como me ponés” que ni ellos pueden controlar pero les encanta porque su supuesta potencia es un milagro al que hay que atender–, de escucharse en su lamento nostálgico por los privilegios que se les escurren, en el sostenimiento de un guion al que se jugaron Darthes y su abogado, que sostiene todos los discursos que minimizan el abuso: ellas se aprovechan, ellas dicen que sí con sus gestos que son más que las palabras, ellas abusan de ese deseo masculino siempre listo.