viernes 19 de octubre

Martín Caparrós: “Dios no es argentino”

Son expertos en cielos. Así que habría que ver si, para el dogma cristiano, el cielo de un país es ese país. Si así fuera, el papa Jorge Bergoglio ha vuelto por fin al suyo; lo hizo, si acaso, de una forma etérea, fugitiva: lo sobrevoló en su avión papal en viaje hacia Chile y Perú. Si no, si el cielo no cuenta, en unos días cumplirá sus cinco años como papa sin ir a la Argentina. En ese lapso viajó a todos los países sudamericanos menos Uruguay, Venezuela, las Guyanas y el suyo.

Hace casi cinco años, cuando la noticia de su elección sorprendió al mundo, publiqué aquí mismo una columna que decía que me preocupaba que Habemus papam se hubiera vuelto una frase argentina: tenemos un papa. “Para una sociedad que empezó a jugar al tenis porque Guillermo Vilas ganó Roland Garros, que empezó a mirar básquet cuando Manu Ginobili irrumpió en la NBA, que siempre dudó del verdadero valor de Borges porque nunca le dieron un Nobel y que ahora se entusiasma con las monarquías porque una argentina reina en Holanda, el hecho de que ‘uno de nosotros’ se vaya a sentar en el trono de Pedro puede tener un gran efecto multiplicador sobre el peso del catolicismo en nuestras vidas: temo que nos volvamos más papistas que el papa”. Tuve razón y estaba equivocado.


Es difícil medirlo, pero parece claro que el nivel de religiosidad pampeana no ha cambiado mucho en este lustro. La Argentina es un país bastante pagano; fue, por ejemplo, uno de los primeros del mundo en aceptar los matrimonios igualitarios, en abierta pelea con el dogma de la Iglesia encabezada entonces por el cardenal Bergoglio, que llegó a escribir que esa ley era una “movida del demonio” y que combatirla era “una guerra de Dios”.

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