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lunes 2 de agosto de 2021
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Matrimonio igualitario y viudez: el duelo de ayer y de hoy

A los 16 años, caminando por la calle, en la puerta de un cine lo vi a Ernesto, un gordito de 49 años que me gustaba mucho, el tipo de hombre que me atraía. Hice todo lo posible por llamar su atención pero él siguió caminando, dobló en la esquina pero yo lo seguí sin saber si estaba interesado en hablar conmigo. Se paró en una vidriera, yo también lo hice, pero de nuevo nada de contacto, ningún pie para empezar a hablar. Terminó esa cuadra y cruzó la calle hacia una plaza. Yo estuve a punto de dejar de seguirlo porque ya creía que estaba huyendo de mí, pero veo que se sienta en un banco y apuré el paso para ocupar el lugar al lado suyo. Nos saludamos y ese fue el principio de mi primer romance adolescente. Eso fue en 1990 y fue también la salvación de mi adolescencia gris, porque ya pensaba que estaba condenado a no poder noviar, mis amigues y compañeres de colegio estaban noviando pero mi gusto por los hombres maduros me lo impedía, lo que me gustaba no estaba permitido por la ley para un adolescente de 16 años. Eso para mí fue una condena. Y valoro aún más a Ernesto hoy porque se arriesgó a pasar varios años en una relación que le podía traer problemas, incluso la cárcel.

Fue una relación clandestina de principio a fin, en todo sentido, porque yo tenía que entrar escondido por las noches a la pieza de la pensión donde vivió todos esos años para poder tener intimidad. Había también unos pocos amigos cómplices que nos prestaban sus casas, de hecho la primera vez que tuve sexo con Ernesto, el día que lo conocí, fue en la casa del locutor y actor Ronnie Arias que era amigo de él. Fue una relación cariñosa durante cinco años hasta que él enfermó. Eso pasó en 1996, yo recién había cumplido 21 años y ni mi familia ni mis amigos sabían de la existencia de Ernesto. Fue internado en dos hospitales públicos; sus familiares (tenía hermano, hermana, cuñada y dos sobrinos) estaban al tanto de mi existencia desde que cumplí los 18 años pero casi no aparecieron durante su internación. La desidia de la familia no le sorprendía a él ni a mí. Yo era el único que iba todos los días a verlo, le llevaba comida, le lavaba la ropa y todo lo demás, pero aunque todo el personal de enfermería y les doctores me veían a diario no me daban ningún parte de su estado de salud con la argumentación de que yo no era familiar. Lo que podía saber lo sabía a través de Ernesto. Yo estaba en la total oscuridad sobre la situación de salud de Ernesto porque él tampoco me contaba mucho para no hacerme preocupar. Recuerdo que cuando lo derivaron de una sala del hospital de San Martín al de San Fernando, la primera vez que lo fui a ver ambos vimos en el techo una mancha de humedad que parecía dibujar el rostro de Edgar Allan Poe, quien tenía las mismas iniciales que él. Yo la miré como un signo ambigüo, y como seguía teniendo esperanza, imaginaba la salvación como un milagro dark de algún cuento fantástico.

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