Medir el «tiempo en pantalla» ya no es suficiente

El debate en torno al tiempo que pasamos frente a una pantalla generalmente conlleva una postura crítica: la experiencia digital es una costumbre desastrosa, similar a atascarse de papas fritas, apostar en una pelea de gallos o beber whisky en el desayuno.

Mientras tanto, los científicos sociales que intentan analizar los efectos psicológicos reales del tiempo que se pasa frente a una pantalla quedan entre la espada y la pared. Por un lado, es muy difícil encontrar un grupo de control de personas que vivan una vida libre de dispositivos digitales o algo cercano a eso. Los niños comienzan a utilizarlos desde temprana edad, y para cuando son adolescentes pasan seis horas al día o más frente a las pantallas, con celulares, computadoras portátiles y iPads, engullidos por el vórtice de Netflix, Hulu y Youtube.


Además, las medidas estándar como “el uso promedio de Facebook a diario” ahora son prácticamente irrelevantes. Pensemos en lo que una persona puede hacer durante el tiempo que toma esperar un autobús: enviar un mensaje de texto, ver un corto de comedia, jugar un videojuego, comprar boletos para un concierto, tomarse cinco selfis (cada una con distintos filtros graciosos).