domingo 23 de septiembre

#MeToo y el espectáculo como justicia

Cuando empecé a trabajar como guionista, hace ya treinta años, una de las preguntas que con más frecuencia me hacían mis amigos tenía que ver con la “operación colchón”: ¿era cierta la leyenda?, ¿cómo se aplicaba?, ¿qué podía contar yo al respecto? “Operación colchón” era el nombre servía para designar el supuesto procedimiento según el cual un directivo del canal, un productor o incluso un jefe de un equipo de libretistas, usaba su poder para obtener sexo. Este trámite formaba parte del morbo que se agitaba en las columnas de chismes y en los rumores nacionales sobre la farándula. Para poder alcanzar un papel en la telenovela de turno o un puesto de animación en un programa de variedades, en muchas ocasiones, había que pasar antes por una cama.

Para gran decepción de mis amigos, yo no encontré una pruebas o indicios fehacientes de que eso ocurriera. Jamás escuché una denuncia, ni siquiera un comentario sobre un caso de ese tipo. Con esto no quiero decir que la “operación colchón” fuera un mito. Por el contrario, probablemente esa era la razón de su eficacia: existía y se desarrollaba naturalmente. Su éxito consistía en ser parte de la normalidad.


El movimiento #MeToo intenta desenmascarar esa normalidad y ubicarla en el ámbito de una situación laboral, en el contexto de las relaciones de poder. Esto es lo que llevó a Benjamin Brafman, abogado de Harvey Weinstein, a decir que “acostarse con una actriz para impulsar su carrera no es una violación”. O a aclarar que su cliente no inventó el “casting de sofá”. De esta manera, no solo apela a una fuerza mayor, a un sistema ya constituido, responsable de cualquier falta personal, sino que también descalifica la denuncia, resaltando la posible complicidad de las víctimas.

Dejar un comentario