lunes 23 de mayo de 2022
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Mi generación, la más kirchnerista

Durante el segundo y el tercer kirchnerismo (2008-2015), un artículo de fe entre consultores y analistas políticos era que el cruce entre edad y voto kirchnerista funcionaba como un relojito: a medida que disminuía la edad de las personas, más aumentaban sus chances de ser votantes de Cristina y, viceversa, a medida que aumentaba su edad mayor era la probabilidad de que le votaran en contra. El propio kirchnerismo parecía reconocer este fenómeno. Es imposible, por ejemplo, separarlo de su decisión de bajar a 16 años la edad mínima para votar, aun si fue presentada en el marco entonces hegemónico de la “ampliación de derechos”. También lo usaba para fanfarronear: aquellos patios militantes en Casa Rosada para vitorear a la presidente después de sus cadenas nacionales buscaban comunicar, entre otras cosas, que la energía de la juventud estaba con Cristina y que la oposición era una cosa de viejos vinagres. Este diagnóstico, por supuesto, generaba euforia en el kirchnerismo y depresión en la oposición, porque parecía haber un determinismo demográfico con efectos de largo plazo: a Cristina le nacían los votantes y a la oposición se le morían.

Contra todo pronóstico, y sin que nadie lo hubiera visto venir, esta tendencia parece haber declinado, según indican casi todos los estudios de opinión pública recientes. Los viejos continúan sin ser kirchneristas, a pesar de la machacona propaganda oficialista sobre su cariño por los jubilados. Pero los jóvenes tampoco ya lo son, al menos mayoritariamente. La única generación que mantiene su lealtad a Cristina es la de los que hoy tienen, con algún margen de error, entre 30-35 y 50-55 años. Es decir, mi generación: estoy rodeado. Nací en 1973 y el núcleo duro kirchnerista nació entre, más o menos, 1970 y 1990. En esa brecha siguen siendo mayoría; para arriba y para abajo, ya no lo son o nunca lo fueron.

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