jueves 20 de septiembre

Micronaciones y Estados no reconocidos: la lucha por el reconocimiento internacional

Cuando el Estado nación apareció en escena, lo hizo para quedarse. Antes de él existían otros actores nacionales —monarquías feudales, en su mayor parte—, organizaciones administrativas muy poco flexibles y feudales, con apenas alcance internacional. Su aparición no fue instantánea; se trató más bien de un proceso lento de transformación de las monarquías feudales, sus predecesoras históricas, en lo que supuso la renovación —y, en algunos casos, el completo desplazamiento— de las antiguas instituciones que regulaban la vida diaria de los ciudadanos.

El Estado nación que hoy conocemos sufrió un proceso de maduración que duró siglos, pero podemos encontrar su origen cerca del año 1648, con la Paz de Westfalia, que puso fin a la guerra de los Treinta Años en Alemania y de los Ochenta Años entre España y Países Bajos. Con este tratado, que buscaba la paz y la estabilidad en toda Europa a través de la firma de un acuerdo multilateral, se introducían otros conceptos muy importantes que supondrían un cambio definitivo en la manera de entender la política y los Gobiernos.


De forma innovadora, el acuerdo se asentaba sobre bases legales y no religiosas, lo cual tuvo un impacto enorme: era la primera vez en la Historia moderna que los Gobiernos no se sostenían sobre bases de fe; al contrario, comenzó a predicarse la libertad religiosa de los individuos. Todo esto se sostiene en un concepto llamado Estado, sin importar su tamaño o alcance de poder, ya que se define por tener unos límites internacionales con integridad territorial y soberanía nacional. Esto también fue crucial para el cambio de paradigma internacional: al eliminar el factor religioso de los Gobiernos e introducir la soberanía nacional —es decir, el poder político proveniente del pueblo—, el poder ya no se heredaba ni tenía un origen divino.

Dejar un comentario