lunes 23 de mayo de 2022
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Microplásticos, el ingrediente secreto en la comida: se ingieren 5 gramos semanales

Flota, se mueve, gira en remolinos. No para de crecer. Es casi tan grande como Rusia –unos dieciséis millones de kilómetros cuadrados- pero no tiene ni un solo habitante. Tampoco podría: se arma y desarma al compás de los movimientos oceánicos, de los desechos plásticos que el agua quiera arrastrar. Se llama Estado del Parche de Basura (www.garbagepatchstate.org/) y es, al mismo tiempo, un grito de auxilio y un proyecto artístico ideado por la arquitecta italiana María Cristina Finucci e inspirado en las famosas islas de basura que flotan en los mares. Después de todo, ese país conformado por las cinco islas de basura plástica repartidas entre los océanos Indico, Pacífico y Atlántico no es sino una señal de alarma. El síntoma de un mundo que en sólo siete décadas se volvió adicto al plástico y en eso sigue, convencido de que la mejor manera de olvidar lo que molesta es tirarlo bien lejos y dejar que la marea haga su trabajo. Pero no.

Cuenta el periodista Graziano Graziani en su Atlas de micronaciones (Ediciones Godot) que al principio a la artista se le ocurrió hacer una serie de postales con la leyenda “Greetings from The Garbage Patch State” (Saludos desde el Estado de Parche de Basura) e imágenes de gente tomando sol sobre montones de basura. Pensó incluso en hacer las fotos en las islas reales pero, como ella misma dice “descubrí que el plástico, con el tiempo, está sujeto a fotodegradación y se vuelve invisible”. Aunque no se lo vea, sigue ahí en el mar y también acá, bien cerca. Dentro de la alacena. Hoy el 90% de la sal de mesa que se consume alrededor del mundo contiene diminutas porciones de plástico, lo demostró una investigación realizada en 2018. Y no hablamos de un mundo lejano: en Rosario, Argentina, otro estudio encontró micropartículas plásticas en casi la mitad de las muestras de sal de mesa analizadas.

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