martes 28 de junio de 2022
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¿Necesitamos tiempo para aburrirnos?

La cuestión del aburrimiento lleva preocupando a la humanidad desde la Antigüedad. Los guerreros de las gestas homéricas lo sufrían en los periodos entre batallas. Platón temía ser aburrido para los demás, como se rumoreaba que lo era su maestro. Séneca se torturaba pensando en la posibilidad de que el aburrimiento desatase una oleada de suicidios entre los romanos.

Los Padres del Desierto se horrorizaban ante la expectativa de que los monjes, hastiados a la sexta hora del día, descuidasen las obligaciones contemplativas, y a los de la Iglesia les asustaba que el aburrimiento apartase a los hombres de fe de la senda de la virtud cristiana. Escolásticos como Santo Tomás creían que el aburrimiento podía causar una tristeza infinita en el alma.

El calvinismo alertaba de que cuando aparecía el aburrimiento se revelaba la ausencia de la gracia divina. Los ilustrados, después, pensaron que el que se aburría estaba desperdiciando el tiempo. A la altura del XIX, la aristocracia europea lo consideró como el mal du siècle, y, a principios del siglo pasado, se convirtió en un lamento generalizado entre los muros de las fábricas.

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