Neointervencionismo estadounidense y desintegración regional: America is back

El proceso chavista, desgastado y degradado desde la muerte de Chávez, perdió las simpatías externas que supo cosechar durante varios años. Es frecuente ver en las redes o en artículos de opinión a intelectuales que “le sueltan la mano” a una Venezuela que desde hace algunos años sólo exporta malas noticias. Sin cinismo, pero sin falsa inocencia, un historiador podría decir que no hay novedad en el frente: las revoluciones suelen decepcionar con el tiempo a muchos y, todavía peor, suelen fracasar. Y en un contexto mundial donde desapareció el “afuera” al sistema capitalista, es sospechosa la viabilidad de un proceso político que se piensa a sí mismo como “socialista”. Ahora bien, también deprime que esa mirada crítica sobre el chavismo –o de discrepancia total, si se prefiere– impida ver una amenaza bastante más expansiva a nivel continental antes que la suerte de un proceso político particular.

Los datos son abrumadores y, a diferencia de otros tiempos oscuros, públicos. El gobierno de Estados Unidos decidió que Venezuela es un país caribeño, pero no sudamericano. Y decidió tratarlo como tal. El gobierno de Donald Trump tomó como suya una política antichavista muy agresiva ansiada desde hace años por los referentes republicanos de la Florida (Marco Rubio, Rick Scott y Mario Díaz-Balart), designó a un líder opositor como nuevo presidente legítimo y declaró en reiteradas oportunidades –y en boca del propio Trump, el vice Mike Pence o el secretario de Estado Mike Pompeo– que “todas las opciones están sobre la mesa”, que es como Estados Unidos suele anunciar la posibilidad de una invasión o ataque militar a otro país. Aun más explícito: la ayuda humanitaria financiada por la agencia estatal USAID (Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) llegó a las fronteras venezolanas en febrero y fue anticipada por viajes relámpago de la máxima autoridad del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos, Craig Faller. El almirante fue al municipio de Cúcuta (Colombia) el 1° de febrero y a la isla de Curazao (colonia holandesa) el día 14, lugares por los que ingresaría la ayuda humanitaria a Venezuela a fines de mes.