viernes 9 de diciembre de 2022
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Neymar y Bolsonaro: la pelota se mancha

El Arena da Baixada ardiendo en amarillo. En la mitad de la cancha, los futbolistas de Atlético Paranaense con una casaca y una inscripción: “Vamos todos juntos por amor a Brasil”. Lucho González ejerce de líder del plantel. Es octubre y hace tres meses se terminó el Mundial de Rusia 2018. No es una campaña nacionalista de una cerveza. Diez titulares y algunos suplentes llaman a votar por Jair Messias Bolsonaro contra Fernando Haddad. Uno se diferencia. Sale con el buzo. Paulo André, defensor experimentado, después explica: “Yo no negocio mis principios”. El estadio explota de alegría. Curitiba es la capital del estado de Paraná. Desde donde el juez Sergio Moro envió el pedido de detención de Lula. El mismo distrito que, pese a que se comprobó la mala praxis judicial contra el expresidente, acaba de votar al mismo personaje como senador. Este fin de semana se juegan los dos partidos de su vida: hoy, en Guayaquil, la final de la Libertadores contra Flamengo; mañana, en el continente dentro del continente, la presidencia del país.

“Nosotros somos Vasco y ellos, Flamengo”, ladró Lula da Silva en un podcast. Sus colores en Río de Janeiro son los del club en Brasil que se plantó el 7 de abril de 1924 y anunció que si no le dejaban poner jugadores “negros” no participarían del campeonato. Los otros son el Mengao, la institución con más hinchas en el mundo, una marca que posee fanáticos en todo el país. El dardo apuntaba a Rodolfo Landim. El presidente rubronegro llegó a sonar como candidato a vicepresidente de Bolsonaro. Con quien trazó una alianza en un momento límite. La pandemia estaba haciendo estragos en Brasil. El presidente tiraba hasta chistes sobre el Covid. Alentaba a salir a la calle. Incluso frente a las determinaciones de gobernadores locales. No estaban autorizados los entrenamientos, pero Flamengo se encerró en su propio predio. Autoridades de sanidad quisieron ingresar para revisar las condiciones de la actividad. No se lo permitieron. Siguió como si nada. El respaldo del Planalto lo protegía. Los cuatro grandes de San Pablo convocaron a sus hinchadas a la calle y a las redes sociales para repudiar la actitud del gigante. Al día siguiente, debió ordenarle al personal de limpieza que borrara los grafitis que decían “fascista”.

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