Ni héroes ni mártires: tener cáncer no es luchar en una guerra

«A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar». Este pasaje del ensayo Las enfermedades y sus metáforas, de la escritora Susan Sontag, muestra por qué deberíamos ponernos en el lugar del enfermo que todos podríamos ser. Más adelante, la obra profundiza en por qué no siempre lo hacemos como deberíamos. Uno de los motivos que recoge el libro de la escritora, quien falleció de cáncer en 2004, es que hablamos de esta enfermedad de una manera inadecuada. Un error importante es el uso de las metáforas militares, que tienen un efecto especialmente negativo en algunas personas.

Decimos que las células «invaden», «colonizan» el cuerpo, en lugar de que se «multiplican». Otorgamos al organismo «defensas» frente al ataque, y buscamos remedios como una radioterapia que «bombardea» a los enemigos. Pero la realidad para muchas personas no es equiparable a la de librar una «guerra contra el cáncer». La postura de Sontag no es rara, existen familias, médicos y asociaciones que apoyan el mismo mensaje, y que tratan de visibilizar su postura -una de tantas cosas que aún hay que dar a conocer sobre esta enfermedad-.


Según su discurso, estos recursos lingüísticos son inapropiados porque, al comparar la enfermedad con una guerra, ¿qué ocurre con las personas que no sobreviven? ¿Estamos dejando entrever que han perdido? Muchos pacientes se sienten así y se rebelan porque no quieren sentirse fracasados por algo que escapa a su control. Se niegan a creer que, si mueren, es porque no han combatido lo suficiente, a que el lenguaje les haga sentirse culpables.