jueves 20 de septiembre

Nicaragua: La ideología de las balas

Hace cuarenta años conocí a Daniel Ortega. En aquel tiempo, él era unos de los líderes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que intentaba derrocar al dictador Anastasio Somoza. Se encontraba de gira por Venezuela, buscando solidaridad con la rebelión en Nicaragua. Un grupo de jóvenes, en la ciudad de Barquisimeto, pasamos todo un día tratando de conseguir fondos, repartiendo volantes, informando en calles y autobuses, sobre lo que estaba ocurriendo en el hermano país de Centroamérica. Al final de la tarde, juntamos todo el dinero obtenido y preparamos un acto de masas, en una céntrica avenida, para recibir y escuchar al comandante Ortega.

Pero no hubo masas. Éramos, si acaso, unas 70 personas. Tampoco el logro económico fue espectacular. No teníamos millones de bolívares que entregar. El comandante Ortega llegó al lugar y nos miró con cierta piedad, nos saludó amablemente y, luego, nos dijo que en tiempos de guerra las ideas no importaban demasiado. Que tal vez él estaba ideológicamente más de acuerdo con nosotros que con el entonces presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez. Pero que, el día anterior, Pérez le había dado una enorme cantidad de dinero. Que la prioridad era tener armas, municiones, uniformes y botas. La revolución vendría luego.


Cuatro décadas después, el balance de esta lógica es trágico. La revolución llegó en 1979, con todas sus ilusiones y sus limitaciones, logró sobrevivir al sabotaje del gobierno de Ronald Reagan, pero no logró sobrevivir a la democracia. En 1990 el Frente Sandinista perdió las elecciones. Ahí, según afirma Sergio Ramírez, escritor magistral que ha sido también protagonista político y testigo de excepción en todo este largo proceso, comenzó “la gran debacle”. Estaban preparados para dirigir la revolución, no para entregar el poder. Se hundieron en la corrupción y, después, les costó demasiado retomar su fuerza política. Su regreso al gobierno, en 2006, probablemente ya escondía una clara certeza: no correr otra vez el riesgo de los votos, suspender definitivamente la posibilidad de la alternancia.

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