jueves 20 de septiembre

Nicolás Maduro contra los drones asesinos

Antes hablaba con pajaritos, ahora lo persiguen artefactos voladores con material explosivo. Los días del presidente de Venezuela han cambiado mucho. El chavismo ha consolidado una sociedad brutalmente opaca donde, incluso, la palabra magnicidio necesita comillas. Lo ocurrido el 4 de agosto, cuando uno de los drones supuestamente destinados a atacar a Nicolás Maduro explotó en el aire, ha terminado envuelto por una marea de confusión generalizada.

Desde hace mucho, los venezolanos nos quedamos sin verdad, sin la posibilidad de acceder y aceptar una verdad confiable, capaz de convertirse en un bien común. Mucho ya se ha dicho y escrito sobre lo que ocurrió o no ocurrió o quizás pudo ocurrir ese sábado de la semana pasada en Caracas. Hay versiones para todos los gustos y ansiedades. Hay denuncias de conspiraciones de todo tipo y en todos los bandos. Abundan los expertos instantáneos. El periodismo serio y riguroso se ve obligado a convivir con el periodismo que se dedica a frivolizar las tragedias. Las versiones se multiplican, desdibujando cada vez más lo sucedido.


Lo realmente importante ya no es el atentado, o el supuesto atentado, sino lo que pasó después: la operación simbólica que intenta aprovechar una incierta amenaza de muerte para fundar un nuevo mito.

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