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lunes 26 de octubre de 2020
Periodismo . com

No bombardeen Guernica

Un viento fuerte pareciera bastar para que este conjunto de ranchos se desarme. Las paredes y los techos son un collage de desechos, lonas y restos de telas verdes, blancas y azules que van formando viviendas urgentes al ras del suelo. Los pocos techos de chapas fulguran más alto que las carpas. Y las casillas de madera son la prueba de lo prohibido: en el retén policial de la entrada de la calle Manuel Begrano hace unos minutos quedó demorado un pibe con un montón de maderas para levantar su nuevo hogar. En la camioneta de los policías bonaerenses también están algunos paquetes de fideos que no irán a parar a la olla del guiso diario. Y un hombre cuenta que le pincharon el bidón de agua que quiso hacer llegar a su familia. La tierra ahora está seca pero hace unas semanas el piso de cada rancho eran un barrial. Inundaciones, heladas, un sol más rutilante que el de este mediodía de primavera y el viento que sopla obstinado en el campo abierto; sin embargo, la toma de tierras más grande del país continúa estoica y plebeya desde el 20 de julio. Pero no sabemos hasta cuándo: esta semana se cumple el plazo que la Cámara Penal de La Plata fechó para el desalojo.

Como trincheras, los ranchos se multiplican a lo largo del horizonte que deja ver la llanura del conurbano bonaerense en Guernica, cabecera del municipio de Presidente Perón a 30 kilómetros de Capital Federal. Son, en total, cuatro barrios (20 de julio, San Martín, La Lucha y La Unión) donde sobreviven alrededor de 2.500 familias. El lugar que fue un descampado de casi 100 hectáreas, ahora es un incipiente barrio popular rodeado de zanjones para que los patrulleros de la Bonaerense no entren a hostigar.

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